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Eduard Punset: “No hay mejor definición de felicidad que la ausencia de miedo”

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Si Dios existe, seguro que se dará por aludido al escuchar a Eduard Punset. El divulgador científico más famoso de España, hijo de un médico rural del Ampurdán, recibió en 2010 en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá el premio de la fundación Rodolfo Benito, que lleva el nombre del joven ingeniero muerto en los atentados del 11-M. Allí habló del dogmatismo y de su antídoto: la divulgación científica. Pero también pidió no consultar con Dios las cosas que el hombre puede demostrar por sí mismo. Periodista, político, ciudadano del mundo… Punset volvía a parecer un niño inquieto después de que en 2007 le fuese detectado un cáncer de pulmón, del que pudo recuperarse con tratamiento médico. Su reino era de este mundo.

Éste es un fragmento de lo que hablamos aquel día cuando lo entrevisté para Diario de Alcalá. Unas señoras me lo intentaban arrebatar diciendo que el pelo le hacía muy interesante, pero se zafó educadamente diciendo mientras me agarraba por el brazo: “Gracias, ahora tengo que hablar con este tío feo que me tiene que entrevistar”. Creo que desde ese día me peino menos.


–Ante un atentado como el del 11-M, ¿qué es mejor desde el punto de vista de las emociones de una sociedad: el recuerdo constante con homenajes memoriales o un olvido controlado para superar el trauma?
–Si me pide lo que es mejor le diré que ni lo uno ni lo otro. Si me pregunta por la solución yo creo que pasará por la irrupción de la ciencia en la cultura popular. Porque esto va a suponer una merma de la importancia del sistema dogmático. Para hacer eso existe ya un consenso, que se verá a lo largo de los próximos 50 años, que es el de introducir en el sistema educativo el aprendizaje social y emocional. Es necesario saber gestionar la diversidad de un mundo globalizado donde hay etnias y culturas muy dispares. Pero también saber gestionar no sólo la diversidad de todas ellas sino lo que tienen en común. Y lo que tienen en común son las emociones básicas y universales, de las que no nos hemos ocupado hasta ahora.
-¿Necesita una civilización a crueles y piadosos para salir adelante? Si no es así… ¿Por qué la selección natural perpetua a los malos?
-La selección natural, como decía Gould, no tiene propósito. No se puede pretender que haga buenos o malos, depende de nosotros, porque las mutaciones son aleatorias. Unas veces favorecen el desarrollo de la humanidad y otras veces supone un atentado a su supervivencia. Es muy difícil imputar un propósito a la evolución: no lo tienen, we are not marching on… no vamos hacia un mundo mejor.
-Hablemos del miedo. ¿Tiene sentido actualmente o simplemente es una herencia genética que nos viene de cuando era un instinto fundamental para la supervivencia en la época prehistórica?
–El miedo sigue siendo incompatible con la felicidad. Y no hay mejor definición de felicidad que la ausencia de miedo. Hoy es menos importante de lo que era en el pasado o a lo largo de la evolución. Sigue siendo más importante de lo que mucha gente cree: pero lo crucial hoy en día es distinguir la ansiedad del miedo. A los niños hay que enseñarles que la ansiedad es precisa algunas veces para ponerse en estado de alerta. Pero una cosa muy distinta a la ansiedad es el miedo, pues por su culpa hasta se interrumpe el crecimiento de las uñas y del cuerpo.
-Usted se dedicó a la política durante varios años. De haber tenido que gestionar una crisis de esta envergadura, ¿cómo habría actuado?
–Hubiese puesto más énfasis en el ejemplo de sacrificio que representan las víctimas para que no se repita una situación así. Y esto pasa por una reforma educativa.
–No se si ha visto el documental Zeitgeist. Habla, entre otras cosas, de cómo un atentado lleva al miedo y el miedo a la guerra.
–Todo esto no tiene más que una salida. La irrupción del pensamiento cientifico en la cultural popular. No hay otra salida: el dogmatismo lleva a la guerra. Hay que aceptar que la educación del ciudadano globalizado requiere el aprendizaje emocional: controlar la rabia, el odio y el desprecio. Y eso es algo que no se enseña todavía.

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