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Putin lo peta

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Lo bueno de ser corresponsal es que te despierta cada día una mujer distinta. Hasta ahí la leyenda, porque la realidad es que el codazo suele ser cibernético: un zumbido en el móvil junto a la almohada y el día comienza con una compañera del periódico avisándote de que algo sucede “en tu negociado”. No suele fallar: si no es la guerra, es el presidente. Y algunas veces son las dos cosas.

El líder sirio, Bashar Asad, y el ruso, Vladimir Putin, se dieron la mano en Moscú el martes por la noche. Les hemos visto en las fotos y hemos escuchado al Kremlin hablar de la reunión. Justo después han llegado las encuestas del mes, con un récord: 89,9% de apoyo para Putin. Son buenas cifras, incluso para Putin, que nunca las ha tenido malas.

Cuando los rusos se enteraron de que volvía al Kremlin, la ‘marca Vladimir’ cayó bastante: hasta un 58,8% en 2012. Es aun así un porcentaje muy alto para Mariano Rajoy, pero Rusia no se gobierna con apoyo popular sino con “estupor y temblores” de la élite hacia el que manda. ‘Estupor y temblores’ le suena a mucha gente porque ese el título de una novela de Amélie Nothomb. Resulta que así es como el emperador de Japón exigía que sus súbditos se presentaran ante él. A Putin no le gustan las reverencias: una vez regañó con la mirada a un líder religioso cuando fue a inclinarse. Pero el sistema ahora mismo está hecho para tener un líder fuerte y un montón de gente preocupada alrededor. Suena primitivo pero es eso o el caos.

La reunión de esta semana encierra muchas cosas además de ser la guinda a la imagen de Putin. Entre ellas algunas similitudes con la guerra de Ucrania, aquella que no había que ganar ni perder, sino más bien evitar que ganase Kiev y forzar una negociación como la que se persigue ahora en Siria. Lo he explicado en este artículo publicado hoy en elmundo.es: La guerra en Siria lleva a Putin al cielo. 

Sí, Putin lo está petando en popularidad y sus camisetas de la guerra también. Estuve fisgando en la famosa boutique donde venden con todo desparpajo las camisetas pro Asad.

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La dependienta se pegó a mi culo como si aquello fuese una tienda de chinos. Lo más friki, los muñequitos conmemorando la anexión de Crimea. Confieso que hace tiempo que regalaron uno y lo tengo presidiendo encima del televisor, ese artilugio que no enciendo casi nunca porque cuanto más habla más dudo de que contenga una noticia digna de tal nombre.

El soldadito me vigila y yo lo vigilo a él. Y no se me ocurre mejor metáfora de cómo están las cosas a estas alturas.

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General, putinistan

Los hombres que follaban demasiado

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Hace dos años, un grupo de empresarios españoles me invitó a cenar sushi en el centro de Moscú. Cada vez que me toca ser el único periodista en la sala, noto como todos los ojos se posan sobre mi para que conteste una lista de preguntas que con frecuencia se pueden resumir en tres:

  1. Qué pretende realmente Vladimir Putin.
  2. Si está Rusia yendo a mejor o a peor.
  3. Qué hay de cierto sobre eso que se dice sobre tal o cual cosa (inclúyase aquí la anexión, guerra, crisis, ley o cotilleo de moda en ese momento)

El periodista se encoge de hombros y, temiendo no poder reanudar la ingesta hasta una hora después, procede a un perezoso ejercicio de simplificación, aderezado con lugares comunes si ve que los ceños fruncidos de los comensales no acompañan la digresión.

Pero (y esta palabra, ‘¡pero!’, va a ser una constante en este blog) de vez en cuando hay sentado a la mesa algún feliz residente, transplantado con brusquedad e incertidumbre a la llanura eslava pero arraigado y florecido por unos méritos propios y los ocasionales mimos del ecosistema.

-Mira, Xavier, sobre la ley contra la propaganda gay, que además no se llama así, te digo yo que no es una ley contra los gays: es una ley contra los pedófilos.

El tipo era un sevillano alto y gracioso al que no he vuelto a ver. Yo, acodado sobre la mesa, y con un sashimi variado delante de mi, preferí dejar hablar a objetar, dejándome llevar por el alma liberal que llevo dentro y también por el hambre acumulada tras varias horas sin zampar.

Así que nada de preocuparse, pensé con ironía recuperando el pulso a dos carrillos, aquí los gays están tan tranquilos y es todo una rabieta occidental. Después negué la mayor, pero con pocas ganas. Porque ya estaba yo fuera del asunto, fuera de la charla. Andaba ya cavilando que, como apuntaban ciertos indicios claros a simple vista, me encontraba ante un ejemplar de ese tipo de habitantes del planeta Tierra que dan título a este post: los hombres que follaban -o habían follado- demasiado.

Inauguran este blog porque son el espécimen que más ha aportado al antropólogo fracasado que llevo dentro, y me regocijo tanto de haberlos visto en acción como si se tratase de la cola de una ballena blanca saliendo del agua.

Para empezar, somos todos unos animales de tomo y lomo: el hombre lidia con la escasez y el rechazo, y la mujer con la labor de la selección y la reputación. Un asco. Pero en determinados ecosistemas encima han repartido mal las cartas y las variables quedan trastocadas. Ahí nacen los héroes. O los monstruos.

En Rusia hay más mujeres que hombres. Además, hay menos chicos bien parecidos que chicas guapas. Y el nivel de renta de un extranjero redondea estas variables al alza en cualquier parte del país y de toda la vieja URSS. Por esas razones se dice, aunque es cierto sólo con matices, que Rusia, los bálticos, Ucrania y Bielorrusia son un paraíso para nosotros, los hombres heterosexuales en edad de merecer o de haber merecido hace no tanto tiempo.

Como experiencia no está mal. Como dicen: Been there, done that.

Pero la prolongada exposición a ese brillo de la buena suerte tiene algunos efectos, especialmente sobre nuestras convicciones más blandas. Así, el hombre que ha follado demasiado va cambiando su manera de pensar. Porque un país que le ha dado tanto tiene que ser víctima de un complot. Ahí muere el follador, y nace el guerrero comprensivo.

Junto al Volga el agua del grifo sabe a metal pero, aunque te asustan diciendo que padecerás saturnismo, nada malo puede pasarte por probarla en mitad de la noche. En Moscú pasa algo parecido con la leyenda negra de la inseguridad y la mafia: en realidad es una de las ciudades en las que te puedes sentir a salvo, aunque nunca lo llegues a estar. Y el frío y la burocracia son chaparrones que te están esperando pero la mayor parte del tiempo les puedes dar esquinazo. Sí, Rusia son sensaciones que desmienten al miedo. Pero además de eso, hay que saber interpretar las señales.

La primera bielorrusa que conocí era una sílfide rubia capaz de tumbarme bebiendo vodka sentada bajo el hueco de una escalera. Me causó bastante impacto la chiquilla. Dos años después conocí a otra bien distinta: morena, más bajita y normal. Huía de su país porque la policía la había sacado a la calle a empujones y metido en una celda, donde había dormido sobre el cemento durante días por ofender al gobierno con sus textos. Tengo la suerte de ser periodista, y mi trabajo es acceder a gente que no se te acerca normalmente con un vaso de tubo en la mano. La mayor parte de los hombres que han follado demasiado sólo están familiarizados con el primer tipo. Pero para entender la problemática del país es fundamental esa segunda bielorrusa en mi vida.

Con frecuencia me encuentro con ‘expats’ que viven como quieren en estos paraísos eslavos, que militan en una defensa a ultranza de dictaduras o regímenes autoritarios que padecen los que les rodean. Se les identifica porque sus convicciones no son muy fuertes ni universales, y la mano dura que defienden la rechazarían si la ejerciese el Gobierno español. Y lo hacen en parte propulsados por la cantidad de coitos que le deben al nuevo terruño. Proceden de esferas -el mundo de la farmacia, la enseñanza o la exportación- que difícilmente les hubiesen llevado a cuestionarse la democracia en el mundo. Pero si les preguntas te dirán que está todo super limpio y en su sitio, y que las críticas son por vicio. Que hay que “entender” al país, cuando en realidad lo que ha pasado es que por fin los han entendido bien a ellos.

Vladimir Putin, un líder carismático, desempeña el papel de padre severo y macho alfa en el que muchos ‘machos alfalfa’ encuentran guía y autoafirmación. Pero el efecto de la goleada sexual sobre el macho produce mutaciones en la manera de pensar. Porque la cópula suele ser un premio por destacar en el mundo animal. Y la cópula continuada e indiscriminada, sin error ni escasez, produce una autoafirmación y seguridad en sí mismo digna de mejor andamiaje. Es un autoaprendijaze abrupto: lo tradicional y el patriotismo de repente no están tan mal, aunque en España sea de carcas.

Así se santifican los tacones. Se aborrece cualquier tipo de feminismo, incluido el que además de necesario resulta útil. A fuerza de empujar se ha perdido el sentido crítico. Todo está como debe, hasta el siglo XIX que en buena medida impera en el día a día del oasis eslavo: el matrimonio tempranero, el deber de pagar la consumición de la dama, la improbabilidad del pantalón en una chica. Todo lo que antes era viejo, hoy es moderno. Es Occidente el que se ha desnortado con sus libertades, su igualitarismo. Lo auténtico es esto que hemos encontrado aquí, donde los hombres son hombres y las mujeres son de verdad. Oh yeah. 

Y así el hombre que follaba demasiado queda, poco a poco, fuera de cualquier mercado que no sea el mercado trucado, con ofertones e incentivos. Y fruncirá el ceño cuando contemple como los tíos en otros países todavía se lo tienen que currar. Prefiere a las mujeres sin equipaje, que lleguen desnudas, con pocas preguntas y sin aficiones ni iniciativa. Cualquier arista o cualquier pero, cualquier arranque de personalidad o genio por parte de la interesada, cualquier tatuaje en un brazo que no sea el propio es un problema. Porque el hombre que follaba demasiado es ya un pene asustadizo, que necesita faros y pista de aterrizaje para las maniobras de aproximación y cambios constantes en el menú del día. Y fuera de esa charca es fácil que una chica le parezca poco arreglada, marimacho o vieja.

Porque cualquier cosa que no sea una odalisca lo considera acostarse con el barbudo de Pimpinela. El pene consentido es así, y era de esperar. Pero encima resulta que, de tanto entrar y salir, sabe de geopolítica. Y por ese aprendizaje abracadabrante se ha ganado un ticket para ser el primero en montar en este blog.

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