Tito Regalado, el hombre de los minutos

Creo que Tito Regalado [que murió en Moscú el 13 de enero de 2020 y hoy hubiese cumplido 47 años] sabía vivir. Ése es el consuelo que me queda tras su marcha tan temprana. Podías hablar con él hasta la madrugada, mientras por la ventana la ciudad de Moscú iba sacando los dientes con su tarde oscura y helada. Recuerdo sus ojos escondidos tras las gafas, el estandarte modesto de un filósofo con buena planta. Mal afeitado, bien leído: y sin presumir de ninguna de las dos cosas.

Compartíamos cenas de amigos sin prisa. Yo miraba de reojo a los cristales, pensando en la pereza que me daba volver a casa. Y entonces Tito se reía y soltaba una de sus expresiones coloquiales de ‘bon vivant’ hacendoso. Un vividor trabajador.

Llegó a Rusia siguiendo la hoja de ruta de Víctor Colmenarejo, que se adelantó en 2012 y se hizo corresponsal casi sin darse cuenta. Tito llegó, cogió la hoja de ruta del ‘sherpa’ de Colmenar Viejo y se fumó un puro con ella: ni Moscú ni San Petersburgo. Doble salto con pirueta. Krasnodar, vete a buscarlo en el mapa. Cuentan que llegó, aprendió y enamoró. Pero lo enamoraron a él. Ahí vino el segundo salto, ahora sí, Moscú. Cuando nos presentaron yo ya estaba cansado de oír hablar de él.

A Tito vimos venir, porque Ricardo Marquina lo había grabado para un reportaje sobre la vida en esa ciudad. Recuerdo cómo, años después, nos reíamos con él de cada una de sus apariciones en ese microdocumental sobre el ‘Tito premoscovita’. Ese aire fresco en vaqueos resultó ser como me lo habían descrito.

En Moscú probó suerte en Efe pero al final fueron los rusos de Sputnik los que apostaron y se llevaron el oro molido. Su pareja, Bárbara Benedik, se movía todavía mejor que él en la expedición capitalina. Habían hecho su ‘mili rusa’ en provincias, y en Moscú le tomaron la medida a la ciudad. Tenían toda la nieve y todo el tiempo del mundo, una lista de series por ver y una cinta de correr para incumplir todas las promesas aeróbicas sin demasiada aflicción. Estaban viviendo una vida distinta y la felicidad era lo de siempre.

En Sputnik Tito era la joya de la segunda planta. De sus manos salían los textos “fetén”, como él decía. Firmó también algunas piezas de postín. Recuerdo que cuando entrevisté al nieto de Pasionaria y busqué documentación extra, me tropecé con un texto suyo en el que había hablado ya con la otra parte de la familia, respondiendo a casi todas mis preguntas. “Este Regalado es un submarino nuclear con zapatillas de moderno”, pensé moviendo el cursor de arriba a abajo.

Lo enredé para que me sustituyese en Onda Cero durante mis viajes a España. Así que Tito grababa discretamente por los pasillos ‘chuleta’ en mano, emulando las andanzas de su padre, que también aventó unas cuantas ondas.

Tito hacía demasiadas cosas bien, pero sin llegar a parecer un agente secreto.

Era un genio suave, nunca entendí bien por qué. Una persona modesta, listo para ayudar y sacar de paseo a mis huéspedes o buscarme un dato. Pero tímido a la hora de pedir un favor, como cuando tuve que ser testigo para un papeleo previo a su boda. Siempre dispuesto para apoyarte en un altercado verbal o para preguntarle las cuatro claves al ministro de Fomento. Era un hombre para muchas misiones, aunque ya no tenía que buscar la suya. La tarea era vivir.

Siempre al margen de las tormentas, del miedo al futuro, de los egos y de las miserias diarias. Atento al plato recién servido, a la mano de su chica, a la mofa sobre la última solemnidad del palanganero de turno. A Tito Regalado no se le pasaba una. Pero las veía venir desde tan lejos, que casi nunca se ponía en guardia. Ahora que no está, me meto las manos en los bolsillos en su honor. Él me hizo verlo como un gesto noble: aquí me tenéis, sin pompa ni drama. En un mundo de comparaciones y egos, como es el periodismo, Tito era un bálsamo. Nos reímos, pero hablamos muchas veces muy en serio.

Nos señalaba sus pequeños y grandes enemigos con cariño: el maldito eneldo omnipresente en Rusia, el ubicuo dogmatismo contemporáneo y la eterna casta de los desagradecidos. Maldiciones —globales o sólo pertenecientes a la mesa— que merecían todas el ceño fruncido al ser enunciadas, pero poco más. Brindis y segunda ronda, chavales.

Algunos días, casi parecía consciente de que él mismo era un superclase. Un tipo de esos que no quiere llegar primero, porque no necesita estar de vuelta de nada. Un eterno muchacho con experiencia. Feliz en Moscú, pero buen vecino de cualquier bicho viviente.

Me sorprendió como humano y como miniatura. La última cosa alucinante que he visto de él han sido unos lacasitos impresos con su cara y la de Bárbara. No tuvo tiempo o valor para darme semejante audacia en persona. Fue una de esas locuras que se hacen en las bodas, pero que ahora me parece una valiosa obra de orfebrería que explica a qué pareja habría que parecerse. ‘Ellos dos y ya’, así se llamaría la película.

La mejor lección que nos enseñó —o por lo menos a mí— fue precisamente lo breve y acertado que fue cada momento. Todos juntos, en el mismo lado del cristal, en el calor y la conversación feliz. Sin mirar hacia atrás o hacia afuera, sin oír el granizo o pensar en el viento helado. Sin temer al futuro, porque ya éramos lo suficientemente viejos como para estar en él con plenos derechos. Aunque aun así todavía éramos
jóvenes para que uno de los dos partiese.

Su fina ironía, su buen escribir, su nobleza tranquila viendo derretirse los hielos y ese vivir brillante que podríamos imitar.

Tito será para mí siempre el hombre de los minutos. Porque todo con él fue un mosaico de dichas cortadas en trozos muy pequeños, sin aristas. Brillantes. Miniaturas redondas, como esos lacasitos increíbles que guardo como recuerdo en mi mesa. Con esas dos caras, que sólo pude ver, así de perfectas, pequeñas y juntas cuando ya era tarde para repetir la pose ni una sola vez más.

Pero aún así, ninguna lección sobre la muerte. Sólo sobre lo bien que hemos vivido, de vez en cuando, como chispas, al juntarnos.

[Texto escrito para el libro ‘Mañana más y mejor. Tito Regalado Sánchez’. Editado por Antonio Regalado Rodríguez]

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