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Alejandra Soler, el ángel de Stalingrado

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Ha muerto Alejandra Soler, la profesora española que estaba en Stalingrado cuando atacaron los nazis y que logró sacar de la ciudad a un grupo de ‘niños de la guerra’ que tenía a su cargo. En 2013 (70 años después de la batalla) la entrevisté para EL MUNDO. Éste es el relato que publicamos en la edición impresa. Para mi será siempre Alejandra-Ni-Uno-Menos. Porque tenía 14 niños y sacó vivos a los 14. 


Cuando el 2 de febrero [de 2013] vuelvan a sonar las sirenas en las fábricas de Volgogrado, habían transcurrido 70 años exactos desde la victoria soviética en la defensa de lo que entonces se llamaba Stalingrado. Se repitieron los desfiles con los pocos combatientes que quedan, con su pechera cargada de medallas, y el millón de habitantes de la ciudad rusa volvió a sentir de nuevo un nudo en la garganta por el millón de almas que tienen enterradas bajo sus pies entre placas, condecoraciones y huesos anónimos. Muertos por el hambre, muertos por los bombardeos, muertos por las balas, muertos por el frío, muertos por las enfermedades…

La ciudad junto al Volga es todavía un remanso fúnebre en el recuerdo de todo lo sacrificado para parar a Hitler. Pero quien además de honrar a las vidas cercenadas en tan singular batalla quiera reivindicar las vidas salvadas tendrá que bucear en nombres anónimos.

En la lista de los héroes vivos queda la historia de la española Alejandra Soler, que cumplirá 100 años el próximo mes de julio: comunista, exiliada española, profesora en la Unión Soviética (URSS) de Stalin y que en aquel terrible año de guerra de 1942 logró sacar a 14 niños españoles de una muerte segura en Stalingrado, la ciudad cercada por el ejército alemán de Hitler.

Alejandra, que en julio cumplirá 100 años, siempre ha tenido suficiente buena estrella para repartir con los que tuviesen el valor de seguirla. Derrotada en la Guerra Civil española, fue una de esas sombras tristes que cruzaron a pie la frontera con Francia huyendo de la victoria de las tropas del general Franco. En el campo de refugiados esta licenciada universitaria recién casada, que ya se presentía viuda, no daba un real por su futuro. Pero allí se enteró de que Arnaldo, su marido, que era periodista, estaba vivo y había encontrado un sitio en Radio Moscú, al servicio de la Unión Soviética. Ella, una veinteañera con la patria recién perdida, cogió un tren para ir tras su Arnaldo y de paso huir de la guerra. No sabía que allí se enfrentaría en solitario a los terrores de la Segunda Guerra Mundial, sin otras armas que la intuición y el arrojo.

«Hubiéramos podido ir a México, donde era todo algo más fácil, pero por nuestra militancia nos sentíamos obligados a ir a la URSS», explica a Crónica desde su casa de Valencia, donde cuida de su abultada biblioteca. Llegó a Leningrado, actual San Petersburgo, en junio de 1939, con apenas cuatro o cinco palabras de ruso en su cabeza: «Una de ellas era tavarich [camarada]; también sabía decir pan y buenos días». Pese al modesto bagaje, ella recuerda que fueron recibidos como héroes. Y que pronto encontró trabajo como profesora en la Casa de Niños Nº 12 de Moscú.

Los alumnos de Alejandra eran los niños de la guerra más mayores, «teníamos incluso libros de texto en castellano, los chicos hacían gimnasia» y hasta recitaban. Pero pronto hubo que dar carpetazo a Cervantes y Lope de Vega. «El ejército alemán avanzaba hacia Moscú, estaba siendo una marcha triunfal, horroroso», reconstruye Alejandra el prólogo de su peripecia a través del caos y la destrucción. Como tantos rusos, se enteró del estallido bélico por el discurso de Molotov. La guerra en aquel momento había vuelto a encontrarla y había que ponerse a salvo.

«Para nosotros fue un mazazo, porque siempre pensamos que Ejército Rojo era una barrera infranqueable para los alemanes, pero en septiembre estaban ya cerca de Moscú»

Las autoridades soviéticas les notificaron el lugar al que iban a ser evacuados, un sitio por aquel entonces ajeno a las connotaciones bélicas de ahora, un remanso de paz alejado del frente donde el zarpazo de Hitler no les alcanzaría: una ciudad tranquila llamada Stalingrado.

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Durante casi un mes, más de 200 integrantes de tres casas de niños navegaron el Volga en un barco hacia el sur, hasta llegar a esa ciudad industrial bautizada en honor a Stalin que se extiende a lo largo de sus dos orillas. «Nos adjudicaron una casa solariega expropiada a la nobleza que estaba cruzando el río, en la localidad de Leninsk, a 35 kilómetros al este de la ciudad, junto a otro grupo de niños españoles refugiados que venían de Kiev».

Separados de la vida urbana por dos kilómetros de río y 35 kilómetros de estepa, creían que estaban, por fin, «lejos del fascismo». Los chicos colaboraban en la construcción de un ramal ferroviario, ayudaban a los campesinos en la cosecha del Koljós y ella actuaba como su maestra y segunda madre. El frío, aunque ya era un viejo conocido en la capital, es mucho más duro junto al Volga.

«Cuando hace viento es inaguantable, te hace pedazos sin necesidad de llegar a los -40 de Moscú»

Sin embargo, en su nuevo refugio gozaron de bienestar. «Teníamos enfermería, comedor, aulas, de todo», apunta Alejandra. Lo peor, las malas noticias que llegaban de la guerra.

Entre los niños al cuidado de la joven valenciana estaba un sobrino del político José Díaz, y dos de Dolores Ibárruri, Pasionaria, que precisamente perdería después un hijo en la batalla por Stalingrado. Alejandra recuerda bien a la líder comunista: «Por asuntos del partido la había conocido en Valencia, en casa de mi marido, y había estado con ella en Moscú».

Cuando de vuelta de la ciudad de Ufa Pasionaria hizo una escala en Stalingrado quiso ver a sus sobrinos, y Alejandra se los llevó en trineo.

 «Escuchamos ruidos horrorosos que parecían deberse a que el agua se estaba descongelando bajo nuestros pies, pero finalmente no pasó nada porque el Volga no se deshiela hasta el mes de abril»

En su mente está grabado aquel crujir de bloques de hielo que se montan los unos sobre los otros. Un espectáculo de la naturaleza que la impresionó casi más que lo que vino después; eso ya, sí, obra de los hombres.

Rumiando el retroceso de las tropas soviéticas y mirando fijamente el fuego que les calentaba, Alejandra y sus niños pasaron el invierno. Ella no estaba sola en la tarea del cuidado y la educación. Le ayudaba un profesor de Química, Fernández Blanco, y otro de matemáticas, José María Mesenger. Pero pronto llegó un segundo grupo de niños y aquel paraíso de juegos y lecciones empezó a quedarse algo pequeño.

Y junto a las estrecheces llegaron enseguida nuevas órdenes. El casi centenar de chavales de la casa Nº 12 tenía que volver a mudarse. Había que cruzar el río en dirección oeste, dejando atrás Stalingrado, incluso moviéndose unos pocos kilómetros, no muchos, hacia el frente. Allí, junto al río Don, les esperaba una casa para ellos solos.

«¡Era una locura, nos enviaban justo ante el avance de los nazis!», clama hoy esta valenciana rebelde, que incluso entonces osó poner el grito en el cielo ante sus camaradas del Ministerio de Cultura.

 «Les dije que parecía que íbamos a reunirnos con Hitler». No la escucharon: «Me tacharon de derrotista y de alarmista, así que obedecimos por disciplina y formamos una avanzadilla para ir a aquella casa y prepararla para vivir»

Ella comandaba la expedición. Los catorce niños más mayores (el más pequeño de 12 años, ninguno mayor de 15) la acompañaban para acondicionar el lugar junto al ecónomo, que era un funcionario ruso. Alejandra no sabía que, mientras Stalingrado se hacía pequeño en el horizonte, la Wehrmacht ultimaba la Operación Azul cerca de la cuenca del Donets, al otro lado del río que discurría junto a la casa a la que iban. Era el verano de 1942 y los alemanes cumplían un año de invasión en la URSS. Hitler quería quedarse con el petróleo del Cáucaso y los soviéticos fueron a allí esperarles con un millón de hombres. Junto a ese infierno a punto de desatarse deshicieron el petate Alejandra y sus chicos y se pusieron a reformar la cocina de la casa «que no estaba nada mal, era grande y con jardín y todo, debía de haber sido requisada a algún príncipe».

La tranquilidad no duró más de una semana. Una unidad de paracaidistas alemanes atacó muy cerca del pueblo en el que estaban. Alejandra oyó tiros y explosiones retumbando dentro de su propio cuerpo. Los lugareños estaban pálidos del miedo y el ejército rojo, que se estaba replegando, se topó de bruces con los extraños habitantes españoles de la casa en esa aldea cosaca de fachadas sin pintar. «Me costó mucho explicarles con mi ruso quiénes éramos y por qué estábamos ahí, pero accedieron a llevarnos con ellos», recuerda Alejandra, que habla varios idiomas además del ruso.

«Imagina el estupor cuando vieron a una mujer extranjera en casa con un ruso, rodeados de una cantidad de niños que nadie sabía de dónde habían salido».

El regreso a Stalingrado fue un viaje infernal, con ataques de la aviación enemiga que con frecuencia «dejaban despanzurrado algún tren por el camino, aunque afortunadamente a nosotros no nos pasó nada». El problema era que la única manera de moverse ya en esa zona de Rusia era junto al ejército, lo cual les puso en el punto de mira alemán a ella y a sus chicos durante toda su aventura. De hecho el ecónomo huyó despavorido, pero ellos se juramentaron volver con el resto de los chicos sin dejar a nadie atrás. A unos 90 kilómetros les esperaba una ciudad muy distinta a aquella que habían dejado atrás.

«En Stalingrado empezó nuestro calvario, porque la ciudad ya no era la que nos había acogido a nuestra llegada: no había autoridad civil sino militares por todas partes, y la urbe estaba fortificada y surcada por trincheras y alambre»

Pasaron días durmiendo en la calle y comiendo lo que les daban. “Pronto nos enteramos de la muerte del maestro Félix Allende, que había sido aviador de la República en España, y su grupo de diez chicos españoles, que estaban ayudando en una fábrica”, relata con pesar. Al parecer empezaron a caer bombas y ellos se refugiaron en una trinchera, pero una de las detonaciones provocó un corrimiento de tierras «y murieron todos sepultados». No fueron los únicos chicos españoles que murieron en la guerra, «algunos se alistaron en el frente y murieron combatiendo»

«Aquello me convenció de que había que salir de ahí». El cerco se cerraba y la muerte empezaba a rondarles en cada esquina. Los chicos, recuerda Alejandra “fueron muy valientes todo el viaje, incluso querían unirse al ejército como partisanos”. Estaban perdidos en una ciudad superada por los acontecimientos. No había nadie a quién acudir porque cualquier institución educativa estaba cerrada. Los puentes habían sido dinamitados. Y Alejandra, hablando ruso todo el rato con acento extranjero, se exponía a ser tomada por espía en medio del caos.

«Los alemanes estaban ya en un extremo de la ciudad, había que salir a toda costa»

Pero Stalin había dado la orden de no evacuar a los civiles. El líder soviético sabía que los soldados defenderían con mayores motivos su ciudad si sus hijos y mujeres estaban dentro y ya había restricciones bajo la consigna genérica “nie shagu nashad”, ni un paso atrás. Así que la mayor parte de los civiles no lograron que les cruzasen a la orilla oriental del Volga y quedaron encerrados en la ciudad. El frío que estaba por venir, el hambre que ya asomaba, las bombas y también las enfermedades exterminarían a familias y a barrios enteros en una “guerra de ratas” calle a calle, casa a casa, que desencadenaría su fase más aguda a la vuelta de ese verano y en los meses siguientes. Alejandra y los 14 que tenía a su cargo no manejaban ya otra opción que sacarlos de ahí, suplicando soldado a soldado por un salvoconducto. Y, milagrosamente, lograron que los militares que guardaban el embarcadero del Volga accediesen a colarlos, uno a uno, en las barcazas que cruzaban el río. El trato era el siguiente: los chicos cruzarían de uno en uno junto con material militar y pequeños contingentes de rusos. Ella sería la última en cruzar junto con el último chaval. El goteo de niños españoles esa tarde fue agónico, y sufrieron el fuego enemigo. “Había una nube de aviones alemanes dando vueltas, disparando y tirando bombas”, recuerda incapaz de calcular cuánto tiempo duró ese mal trago: “¡Parecieron años!”. De nuevo el transporte netamente militar los ponía en la mirilla del enemigo. Pero su ángel volvió a funcionar aquel día, porque cuando ella al fin alcanzó la orilla contó dos veces y, felizmente, llegó hasta catorce las dos. No faltaba nadie. Stalingrado quedaba atrás, y en tres meses sería una morgue comida por el hielo en la que algunos soldados de ambos bandos se escondían en las ruinas para suicidarse o esperar un milagro.

Ante ellos estaba por fin el campo abierto, así que cubrieron a pie la distancia con algo de tranquilidad. Pero al llegar a Leninsk se encontraron con que su casa ya era una villa fantasma. No quedaba nadie ni nada en su interior. De nuevo estaban a la deriva y sin recursos junto a una batalla letal que duraría hasta entrado el año siguiente. Para poner final feliz a esta historia de improbable éxito, Alejandra tiró de intuición y decidió correr al apeadero más cercano, como si hubiese tenido una visión. Sabía que escapar de esa región no era cuestión de minutos ni horas porque el transporte militar tenía prioridad, así que había posibilidad de alcanzarlos. Y en efecto, ahí estaba aguardando en la estación el centenar largo de chavales con sus profesores, que habían huido ante las pésimas noticias del frente: «¡Nos daban por muertos y aparecimos en el último momento!». Sin mucho tiempo para los abrazos abordaron el tren muy lento pero que por fin los puso a salvo en los Urales.

Su marido, Arnaldo, había recibido desde allí sus mensajes informándole de la misión que le habían encomendado. Cuando Alejandra regresó con el resto le dieron en mano un telegrama en el que ponía: «¿Estoy casado con una maestra o con una tanquista? ».

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Se asentaron en Safarovo, cerca de la principal ciudad de los Urales. Desde la distancia supo del triunfo de las tropas de la URSS sobre los invasores: «Casi muero de los abrazos y besos que me dieron, porque para nosotros era la guerra que habíamos perdido contra los fascistas en España». Aunque hoy el mundo es no es de entonces, después de todo lo vivido, sostiene: «Sigo siendo comunista».

Alejandra Soler se jubiló en Moscú como profesora y jefe de cátedra de Lenguas Romances en la Escuela de Diplomacia. En 1971 regresó a España “como apátrida”. Con el tiempo algunos de sus alumnos se casaron y volvieron también del exilio. Muchos de esos ‘niños’ han muerto. Pero de vez en cuando suena el teléfono de la casa de Alejandra y al otro lado habla un anciano de ochenta años que le recuerda que le debe la vida.

Alejandra Soler se jubiló en Moscú como profesora y jefe de cátedra de Lenguas Romances en la Escuela de Diplomacia. En 1971 regresó a España “como apátrida”. Con el tiempo algunos de sus alumnos se casaron y volvieron también del exilio. Muchos de esos ‘niños’ han muerto. Pero de vez en cuando suena el teléfono de la casa de Alejandra y al otro lado habla un anciano de ochenta años que le recuerda que le debe la vida.


EL MUNDO. Suplemento Crónica. Domingo 3 de febrero de 2013. 

El viaje a la vieja Stalingrado, aquí.

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