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De Leningrado a Stalingrado, cómo la URSS venció resistiendo

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En EL MUNDO recuerdo aquel domingo en Leningrado.

El sol ha vuelto a las cúpulas doradas de la vieja capital zarista, hoy mascarón de proa de la URSS. Este 22 de junio de 1941 el diario ‘Pravda’ no sólo trae noticias aburridas. Cuenta que en Samarkanda un equipo de arqueólogos de Leningrado (actual San Petersburgo) ha llegado a la ciudad para abrir la tumba de Tamerlán, un guerrero del medievo que según la tradición oral uzbeka esta protegido en su sepulcro por “la semilla de una guerra terrible” que brotará si se perturba su eterno descanso. Georgi Knyazev, un vecino de la ciudad que trabaja en el archivo, lee el artículo mientras desayuna. Antes de la hora de comer escucha en la radio otra noticia: Hitler ha atacado la Unión Soviética.

En su escuela de la calle Nevsky, ajena cualquier superstición, Teresa Alonso (San Sebastián, 1925), se está preparando para salir de excursión escolar. Su pelo negro recogido llama la atención entre la población rusa, pero sobre todo su habilidad para la electrónica y la mecánica. Al poco de llegar dos años antes a Moscú como exiliada con otros “niños de la guerra” ya había arreglado sin permiso un reloj estropeado en la Casa de Niños donde quedó acogida junto a otros españoles. A sus 16 años, estudia en Leningrado perito electricista: ya trabaja haciendo amperímetros y voltímetros. Tiene un novio, Ignacio, que acabará en la aviación soviética. La excursión y después las clases -y después la vida normal- quedan canceladas.

“Unas 50.000 personas nos fuimos a hacer barricadas a la parte más cercana a Finlandia, cerca del río, en un terreno muy pantanoso”. Desde los últimos edificios de la ciudad se veía un mosaico multicolor brillando bajo la luz del sol, eran los pañuelos de cientos de mujeres usando picos y palas. Para muchos era una terapia, un trabajo manual que apartaba el fantasma de la incertidumbre. “Pero al tercer día, las balas pasaban por encima  de la cabeza: no esperábamos un ataque por ahí”, me contaba esta anciana de 95 años. Dulce, peleona, una superviviente con alguna herida de guerra en la espalda y otra en el corazón.

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Cristobal García (Congostinas, 1926), trota por Leningrado con 16 años. Apenas sabe nada de España desde que llegó con sus dos hermanas en un barco desde Gijón en septiembre de 1937. Le gusta la escuela porque “es mejor que la española” pero los primeras bombas acaban con ese “empezar de nuevo” tras la Guerra Civil. “Leningrado era la ciudad de la revolución, un símbolo para los rusos, y los nazis sabían que perderla sería un duro golpe,  por eso lanzaron una guerra para liquidar a la gente”, contará a sus nietos ya como viejo telegrafista. Cristóbal y Teresa son dos de los escasos supervivientes españoles que quedan del cruel bloqueo de Leningrado, de cuyo desenlace se cumplen tres cuartos de siglo. Ellos y sus compañeros rusos son el testimonio de la mayor tragedia del siglo XX.

En Leningrado se moría bajo el estruendo de una bomba o entre el lento silencio del hambre dictada por las cartillas de racionamiento. A partir del 18 de julio de 1941 la comida se convirtió en una cifra menguante. 800 gramos de pan si trabajabas en la industria, 600 si ibas a la oficina y 400 si eras una persona a cargo de otra.

Leer más: Teresa y Cristóbal en la batalla final de Leningrado

No era la primera guerra que veía Teresa Alonso. Años antes me contó que cuando tenía 12 años odiaba esconderse en los refugios antiaéreos, se sentía segura en los arcos de la plaza de España de Bilbao. Hasta que una mañana su madre la mandó un poco más lejos a comprar carne de caballo: ese día había mercado, pero antes de llegar el conductor del autobús les hizo bajar. Desde un montículo vio Guernica en llamas, triturada por la aviación nazi. Columnas de humo trepando hacia el cielo, gente huyendo… Cuando regresó a casa, su madre estaba pegada a la radio tramando cómo ponerla a salvo si la volvía a ver con vida: un beso, algo de ropa y un pasaje a la URSS en un barco llamado Habana. El Gobierno de Stalin se había ofrecido para sacar del frente de la Guerra Civil a los menores de edad. Teresa, que apenas sabía nada de ese país, dijo sí. Este año se cumplen 80 de la salida del primer barco, el inicio de una odisea de 3.500 niños españoles que escaparon del frente para caer a los pocos años en otro conflicto: la Segunda Guerra Mundial. Los pocos que quedan con vida se siguen llamando «niños de la guerra», y recuerdan la aventura que les cambió la vida.

Como Azucena, de pelo blanco y voz cantarina, que viajó tumbada en la cubierta del mismo barco, sin más almohada que la bolsa de viaje, lo resume en cada brindis: «Nacimos en España, pero nos hicieron en la URSS».

Niños de Rusia entre las garras de Stalin y los ojos de la CIA

Stalingrado fue el otro gran cerco que sufrieron los rusos. Allí se luchó calle a calle. Un soldado recordaba cómo estaban en el segundo piso de un edificio con el enemigo atacando desde el primero, «en el piso de arriba luchaban los nuestros pero la última planta estaba en manos de los otros». La Luftwaffe redujo parte de la ciudad a escombros. Los tanques y la artillería no son de gran utilidad en una ciudad molida. Los alemanes lo llamaron Rattenkrieg, «guerra de ratas».

La letra pequeña de esa herida del siglo XX resulta difícil de resumir en forma de cifras y balances estratégicos. Jochen Hellbeck, historiador alemán que da clase en la Rutgers University de Nueva Jersey, encontró hace unos años en Moscú un fajo de documentos que contenían -entre otras cosas- testimonios de 215 testigos presenciales de la batalla: vecinos, enfermeras, soldados y partisanos. Sus historias habían sido recabadas sobre el terreno por un grupo de historiadores coordinados por Isaak Mints. Llevaban años documentando la guerra civil rusa pero la invasión nazi hizo que reorientasen su misión. Se lanzaron con tal arrojo que llegaron a la batalla de Stalingrado en diciembre de 1942, cuando todavía quedaba más de un mes para que acabase. Volvieron a visitar el lugar poco después de la rendición de los últimos soldados del general alemán Friedrich Paulus el 2 de febrero de 1943. El resultado de su trabajo es un relato en caliente que dibuja unos soviéticos muy ideologizados, comprometidos con la aniquilación del fascismo, y también cargados de un inevitable odio hacia quien intenta destruir su país.

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El pulso por la ciudad fue algo personal entre Hitler y Stalin, «aunque creo que tenía todavía más importancia para los alemanes», explica Hellbeck desde Nueva Jersey. Stalingrado tenía una importante industria militar con las fábricas de tractores Octubre Rojo y de cañones Barricady, y poseía un nudo ferroviario crucial de la línea que unía Moscú, el mar Negro y el Cáucaso.

LEER + en EL MUNDO: Stalingrado: cuando los nazis mordieron el hielo

Cada 2 de febrero Rusia celebra el Día de la Gloria Militar. En esta fecha, en 1943, en depusieron las armas las últimas unidades alemanas de Stalingrado. La batalla duró 200 días, desde el 17 de julio de 1942. Los aviones de la 4ª Flota Aérea realizaron un total de 1.600 incursiones en un día y lanzaron 1.000 toneladas de bombas. Había casi 600.000 habitantes en Stalingrado, y 40.000 resultaron muertos durante la primera semana de bombardeos. Esta es la crónica de un viaje en 2012 a esa ciudad heroica.

Volgogrado es una ciudad llena de barro, recuerdos de la guerra e hijos de supervivientes ocupados a su vez en sobrevivir. Setenta años después de la gran batalla que hirió de muerte el avance de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la vieja Stalingrado ve apagarse una a una las vidas de los veteranos de aquella carnicería. El espíritu de resistencia sigue sin embargo muy presente. El viajero, ávido de recibir sobre el terreno alguna indicación acerca de por dónde o cómo atacaron los alemanes, puede encontrarse con una respuesta que revela un frenazo en el paso del tiempo: “¿Se refiere a los fascistas?”. Así habla el maestro de escuela, el taxista y el paseante ocioso. Los vecinos del centro se encogen de hombros cuando se les inquiere sobre restos de aquella batalla: “No quedó piedra sobre piedra, ¿no lo sabe usted?”. Sin embargo, la concienzuda reconstrucción de la ciudad que fue — y para muchos todavía sigue siendo — urbe ejemplar del socialismo ha impreso una marca soviética en las costuras de esta localidad que se extiende a lo largo del Volga. Tanto es así que el tiempo algunas veces parece haberse detenido en la avenida Lenin, que surca la ciudad de suroeste a noreste.

Si algo hizo cundir la desesperación fue el duro invierno ruso, con temperaturas de 25 grados bajo cero. Igor, el hijo de un combatiente, apunta que “los soldados alemanes duraban seis horas vivos en ese infierno”. Iban peor equipados y hallaron sus cuerpos petrificados y retorcidos en torno a restos de hogueras. Otros saltaban de la trinchera esperando una bala que acabase con el sufrimiento. La batalla mató, hirió o dejó cautivas a cerca de dos millones de personas entre los dos bandos.

LEER + de LA AVENTURA DE LA HISTORIA: La ratonera de Hitler

Pero de aquella agonía de Leningrado me quedo con una historia. La de una mujer. Alejandra Soler, la profesora española que estaba en Stalingrado cuando atacaron los nazis y que logró sacar de la ciudad a un grupo de ‘niños de la guerra’ que tenía a su cargo.

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En 2013 (cuando justo se cumplían 70 años después de la batalla) la entrevisté para EL MUNDO. Éste es el relato que publicamos en la edición impresa. Para mí será siempre Alejandra-Ni-Uno-Menos. Porque tenía 14 niños y sacó vivos a los 14. 

Stalin había dado la orden de no evacuar a los civiles. El líder soviético sabía que los soldados defenderían con mayores motivos su ciudad si sus hijos y mujeres estaban dentro y ya había restricciones bajo la consigna genérica “nie shagu nashad”, ni un paso atrás. Así que la mayor parte de los civiles no lograron que les cruzasen a la orilla oriental del Volga y quedaron encerrados en la ciudad. El frío que estaba por venir, el hambre que ya asomaba, las bombas y también las enfermedades exterminarían a familias y a barrios enteros en una “guerra de ratas” calle a calle, casa a casa, que desencadenaría su fase más aguda a la vuelta de ese verano y en los meses siguientes. Alejandra y los 14 que tenía a su cargo no manejaban ya otra opción que sacarlos de ahí, suplicando soldado a soldado por un salvoconducto. Y, milagrosamente, lograron que los militares que guardaban el embarcadero del Volga accediesen a colarlos, uno a uno, en las barcazas que cruzaban el río. El trato era el siguiente: los chicos cruzarían de uno en uno junto con material militar y pequeños contingentes de rusos. Ella sería la última en cruzar junto con el último chaval. El goteo de niños españoles esa tarde fue agónico, y sufrieron el fuego enemigo.

Alejandra murió en marzo de 2017. Aquí escribí su historia.

Leer + de Alejandra Soler, el ángel de Stalingrado

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Las sobras

Me viene a la mente un concepto no sé si literario, filosófico o social: las sobras. Hablo de ellas porque no son las mismas en todas las casas. En mi modesta morada son un alimento de medio pelo. No llegan a ser costra de nevera, de la que escribiré otro día, pero tampoco las encuadraría en ningún lugar de la pirámide alimenticia. Cuando el ser humano dejó la sabana no soñaba con sobras, pero fueron las sobras las que hicieron al hombre moderno. Claro que en las sobras de mi casa predomina lo reseco y el monoingrediente. Por no hablar del aspecto sospechoso, que sólo preocupa a las gentes desconfiadas entre las cuales no me hallo.

En casa de mi madre las sobras son exactamente lo contrario: un ramillete de abundancia, mimo y buena mano. Son la variedad cosificada y en ocasiones un estadio superior del primer o el segundo plato: el paso de las horas los consagra en un recipiente de plástico hacia el doble destino del bufete. Los hijos, que todavía no han encontrado el merecido acomodo en la vida del que han disfrutado los padres, reverencian estas variedades. Y paradójicamente, los padres las sirven melindrosos por no poder ofrecerles otra cosa al escuálido vástago, que las calienta en silencio en el microondas de dos en dos: presa de la gula o del sentido de la previsión, que para mí son las dos caras de la misma virtud.

El que habla mal de las sobras es porque no tiene padres que le quieran y le aprovisionen. No abogo por llevarse un tupper a casa como pago a los desmanes de mayo del 68. Pero sí de reconcerles la denominación de origen en plena guerra entre el lechazo y la tortilla deconstruida.

 — DDA 2008

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Anna Politkovskaya, caso sin cerrar

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No hay que olvidar los aniversarios tristes, porque siguen pasando cosas en torno a lo que conmemoran. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó este año a Rusia a pagar una indemnización de 20.000 euros a los familiares de Anna Politkovskaya por considerar que no ha cumplido su obligación de realizar una “investigación efectiva” del asesinato de la periodista, sobre el que escribí una historia en 2016, cuando se cumplieron 10 años del crimen:

El ascensor donde tal día como hoy murió tiroteada Politkovskaya tiene el mismo brillo metálico apagado que el tambor de un revolver. Plateado y algo sucio, estrecho como para cargar una bala. Allí dentro, como un animal acorralado, murió la que tal vez era la reportera más libre de Rusia el 7 de octubre de 2006: dos tiros en el pecho, otro en el hombro. Por si acaso, un último en la cabeza, ya sin vida. Los sicarios lo llaman el disparo de control. Abajo, en la calle Lesnaya, quedaban bolsas de la compra en el maletero de su Lada aparcado junto a la acera. Arriba, en la mesa de trabajo, le esperaban fotos y nombres de personas secuestradas y torturadas en Chechenia, material para su próximo -último, póstumo- artículo de investigación para su periódico. De nuevo un asunto incómodo para el Gobierno de Moscú y para el de esta convulsa república de la Federación Rusa.  (Seguir leyendo)

Politkóvskaya, que trabajaba en el medio ruso, ‘Nóvaya Gazeta’, desarrolló su actividad periodística en Chechenia, destapando las atrocidades cometidas contra personas inocentes. Fue acribillada a tiros el 7 de octubre de 2006 en el ascensor de su vivienda por un pistolero checheno. En un principio, cuatro hombres –dos hermanos, un policía y un agente del FSB– fueron imputados, procesados y absueltos en 2009. Tras una investigación exhaustiva, otro cinco hombres, incluyendo a los dos hermanos y al policía, fueron condenados en 2014 como autores materiales. Los investigadores sólo han aportado una hipótesis según la cual el ‘cerebro’ del crimen sería un empresario ruso identificado por las siglas B.B. que vivía en Londres y que murió en 2013 porque no estaba contento con los artículos de Politkovskaya.

Politkovskaya era una mujer valiente, delgada y de pelo gris. La cantidad de bolsas de comida que llevaba el día que la mataron le venía un poco grande a sus hábitos alimenticios. En realidad eran para su hija, Vera, que estaba embarazada y cuya nutrición se había convertido en una nueva obsesión para la inminente abuela, que no llegó a conocer a su nieta. La niña nació cinco meses después. Le pusieron Anna, un nombre muy común en honor a una periodista extraordinaria cuya mesa en la redacción nadie ha vuelto a ocupar. Un gesto en recuerdo de una conciencia crítica que le han robado a Rusia.

La madre, la hermana y los dos hijos de Politkovskaya acudieron al TEDH en 2007 por considerar que las autoridades rusas no estaban investigando quién era el autor intelectual, una tesis que finalmente la corte de Estrasburgo este año ha aceptado.

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Los ‘milenials’ rusos gritan por Navalny

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La estatua de Pushkin mira como cada mañana a la calle Tverskaya -la gran arteria que conduce a la Plaza Roja- pero parece intuir que será un domingo agitado. Las televisiones no decían nada por la mañana de la manifestación convocada sin permiso por la oposición: los incendios de Omsk, los atletas rusos dopados y los ciervos rescatados en Rostov son más importantes que la exclusión de las elecciones de un abogado anticorrupción -Alexei Navalny- que en todo caso no tiene ninguna posibilidad de hacerle sombra al presidente ruso, Vladimir Putin. Agentes de policía rodean el busto del escritor ruso para que ningún descontento ose hacerle compañía en el pedestal: los opositores son cada vez más ágiles. No es que la genética eslava haya mejorado, simplemente los manifestantes son más jóvenes que hace dos años. Los ‘milenials’, que aprendieron a manejar el mando a distancia cuando Putin ya era presidente, son la nueva ‘infantería’ de la disidencia: por eso cada vez se ven menos pancartas impresas pegadas a un palo de madera y más adolescentes encaramados a las farolas retrasmitiendo en ‘streaming’ las proclamas del hartazgo.

“¡Putin ladrón!”, “¡Rusia sin Putin!”. La cantinela trata de renovarse, pero a -6 grados suelen triunfar los ‘hits’ de siempre. Sonriente entre el griterío, Navalny baja la calle Tverskaya dispuesto a ser el hombre del día. Pero justo a la altura de la zona de tiendas un grupo de agentes se abalanza sobre él y lo mete por la fuerza en un autobús policial. La gente grita “¡vergüenza!”

La noticia se propaga en la plaza Pushkin. Pero sorprende que el nombre de Navalny apenas está presente el los gritos. El líder opositor -que será puesto en libertad a última hora de la noche- lleva meses protestando contra su exclusión de las elecciones presidenciales que se celebrarán el 18 de marzo y pide un boicot electoral. Una participación ridícula en ciudades importantes puede deslucir la victoria de Putin y poner en cuestión un sistema que teme un futuro sin su líder.

El presidente ruso de 65 años será reelegido con un resultado histórico de más de dos tercios de los votos, lo que le permitirá permanecer en el Kremlin hasta 2024.

Navalny había convocado marchas en unas 90 ciudades del país la “huelga de los votantes”. En la plaza Pushkin se han congregado ya unas 4.000 personas (1.000, según un comunicado de la policía). Un enorme dispositivo policial pide a los manifestantes que no entorpezcan el paso “a los otros ciudadanos”. Son aquellos que muchas veces se encogen de hombros a la hora de juzgar las alternativas del país: “Putin es la opción seria, no digo que sea la buena, pero el resto son payasos”, zanja Tatiana, que sigue su camino al gimnasio.

La antítesis de los que desde la otra acera pasan sin prestar atención es Evgeni, de 20 años, que se ha presentado con rosas flores como las que en 2011 se intentó popularizar como símbolo de la protesta. Entonces se creyó que podría haber una ‘primavera rusa’ como las de los países árabes. La anexión de Crimea, la ola de patriotismo y el escaso calado social de la oposición muestran que hay Putin para rato. “Demasiada gente sigue interpretando lo que pasa en el país según lo que dice la televisión, que está controlada por el gobierno, pero Internet es más difícil de manejar y por eso lo tendremos a nuestro favor”, dice esperanzado. “Estoy aquí para mostrar que no es justo que Navalny no pueda presentarse a las elecciones”, asegura Alexandra Fedorova, de 27 años. .

Antes del inicio de las protestas, la policía había entrado en el Fondo de Lucha contra la Corrupción, la sede central del movimiento de Navalny , donde interrogó  a las personas que se encontraban en el interior del edificio. El programa del canal de YouTube Navalny Live retransmitió en directo la irrupción por la fuerza de la policía, consiguiendo así un nuevo pico de popularidad. Las fuerzas del orden justificaron su entrada por un aviso de bomba en el edificio. La policía detuvo a varios colaboradores de Navalny y los trasladó a una comisaría. También obligó a salir al resto de las personas que se encontraban en el edificio.

Según la ONG rusa OVD-Info, al menos 180 activistas fueron arrestados en todo el país durante estas manifestaciones. Navalny está formalmente acusado de “violación de los procedimientos relativos a la organización de un evento”. El Ministerio del Interior ruso había advertido de que reprimiría “duramente” las protestas ilegales y en vísperas de las elecciones presidenciales de marzo. Las dos marchas no autorizadas convocadas por Navalny en marzo y junio del pasado año se saldaron con centenares de manifestantes detenidos, en su mayoría en Moscú y San Petersburgo. Pero la oposición se ha aficionado a las protestas ‘ilegales’, porque al poder ser en el centro funcionan mejor. Y si hay detenidos, copan titulares e informativos fuera del país.

Publicado el 29 de enero en la edición impresa de EL MUNDO

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Putin – 2018: los rivales son enemigos y las siglas, un estorbo

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El Consejo de la Federación ha establecido esta mañana que la elección del Presidente de la Federación de Rusia el 18 de marzo de 2018. Antes de que pasen cinco días el decreto debe publicarse, solo después la campaña electoral empezará oficialmente. Parece que el decreto se publicará el 18 de diciembre. Cuenta atrás.

Tras 18 años en el poder, Vladimir Putin tiene mucho que decir. Pero por si acaso, ayer prefirió no contar gran cosa sobre su programa electoral de cara a las elecciones de marzo: “Rusia debe estar orientada hacia el futuro, su sistema político debe ser flexible, la economía debe basarse en las altas tecnologías” dijo ayer en su tradicional gran rueda de prensa anual ante más de 1.600 periodistas y ciudadanos que se colaron aparentando serlo. El formato, se excusó, no era el adecuado para detallar su programa, del que dio unos brochazos gordos que hubiesen valido para cualquier época y cualquier país: “Desarrollo de las infraestructuras, la sanidad pública, la educación”.

Como de costumbre, la conferencia de prensa tocó una mezcla de grandes asuntos geopolíticos y problemillas locales. El ambiente desenfadado desmiente que Rusia sea una dictadura. La escasa tensión competitiva de las elecciones y la relajada rendición del gobierno chirrían con una democracia normal. Ayer se hicieron preguntas que iban al detalle sobre proyectos de carreteras regionales particulares, ayudas para la gente, la cosecha de trigo y la legalidad de colocar rastreadores GPS a las vacas. Putin no llevaba muchos papeles y de nuevo se vio a periodistas con las pancartas más audaces.

Vladimir Putin  participa por cuarta vez en una campaña electoral como candidato presidencial. En caso de victoria, ocupará el cargo de jefe de Estado por otros seis años, de 2018 a 2024. Concurrirá a las elecciones presidenciales de marzo del año que viene como candidato independiente, no al frente de Rusia Unida. La marca del partido, la fuerza política que apoya al gobierno, ha perdido popularidad entre los rusos por la ristras de casos de corrupción en los que se ha visto envuelta la élite rusa.

Putin aseguró que el nivel de vida de los rusos será la prioridad de su nuevo mandato. Por fin el país “superó los choques” de la caída del petróleo y las sanciones occidentales, que llevaron a dos años de recesión (2015 y 2016) y hundieron el poder adquisitivo de alguna gente.

Con frecuencia los rusos disculpan a su presidente por los ineficiencias del país atribuyendo los problemas en parte al complot del exterior y en parte a su carácter eterno y crónico. Pero también influye que ven a Putin como otra víctima de gobernantes mediocres que él mismo nombra pero que no puede corregir. Distanciándose de Rusia Unida el presidente se encarga de los logros y los enemigos, situándose por encima de la discusión, el sistema y los problemas diarios. “Siéntese, esto no es un debate: usted pregunta, yo respondo”, dijo ayer a un periodista en la sala.  Putin no concurre con un partido político porque no le hace falta: es querido o temido, pero sobre todo popular. El 75% de los rusos que tiene pensado votar en los comicios presidenciales elegirá al actual mandatario. No es la primera vez que concurre en este formato. En el año 2000, el de sus primeros comicios presidenciales, Putin fue nominado para la jefatura de Estado por un grupo de votantes. En 2004 se presentó en calidad de candidato independiente y en 2012 lo eligió como candidato Rusia Unida.

Preguntado sobre la “falta de rivales competitivos” de la oposición, el mandatario, de 65 años, evitó aludir directamente a Alexei Navalny, el opositor de 31 años que durante este año ha organizado importantes manifestaciones contra su gobierno. Lamentó que “los jóvenes no saben lo que ha pasado en los años noventa, y no pueden comparar con ahora”. Y recordó que “no sólo es importante hacer manifestaciones en las plazas y hablar de un régimen contra el pueblo: hay que proponer algo mejor”.

Ahí recogió el guante una mujer rubia vestida de rojo: para los rusos es la cara más conocida que había en esa sala después de Putin. Era la presentadora y candidata presidencial Ksenia Sobchak, justificó con algo de tembleque pero con una extraña mirada cómplice su presencia ante un Putin que empezó fingiendo estar enfadado y acabó estándolo: “Estoy aquí como periodista porque es la única manera de hablar con usted, porque no va a debates”, le dijo Sobchak, que reivindicó “al candidato Alexei Navalny, que no puede concurrir a las elecciones presidenciales”. Pero Putin contestó presentando a Navalny -aunque siempre sin pronunciar su nombre- como un enemigo del Estado: “Esos que usted nombra son como [Mijail] Saakashvili [el líder georgiano que ha sido detenido en Kiev tras iniciar el año pasado una carrera política en Ucrania], quieren desestabilizar la situación, quiere que vivamos un nuevo Maidan, un golpe de Estado… ya hemos pasado por eso, ¡la gente no lo va a permitir!”.

Así que desafiar al gobierno es desafiar al país, a la bandera, a los padres fundadores, a la idea democracia rusa y hasta a la ley de la gravedad. Siguiente tema.

Sobchak hizo lo que pudo, o lo que debía. Es hija del ex alcalde de San Petersburgo Anatoli Sobchak, considerado ‘padrino’ político del presidente Putin. Según una teoría de la conspiración que corre por Moscú, su presencia sólo responde a una estrategia del Kremlin para dar una apariencia de legitimidad a las elecciones.

Shaun Walker, el corresponsal de The Guardian en Moscú, cerraba ayer su crónica así.

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El principal desafío de Putin es convencer a los rusos de ir a votar. Según un estudio del Centro Levada, sólo el 28% de la población está decidida a hacerlo. El PIB volvió a crecer en 2017, pero la recuperación está perdiendo fuerza. Alguien escribía ayer que una nueva degradación de la situación demográfica puede empeorar la tendencia.

El 18 de marzo empieza una nueva partida de los Sims. Pero antes hay que llevarlos a votar.

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Rusia se va de Siria. Cada semana

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, aterrizó hoy por sorpresa en Siria y ordenó (otra vez) el comienzo de la retirada de las fuerzas rusas allí desplegadas, según informaron medios rusos.

Putin fue recibido en la base aérea rusa de Hmeimim por el presidente sirio, Bashar Asad, y otras autoridades como su ministro de Defensa, Serguei Shoigu. También estaba  el comandante de las Fuerzas rusas en el país árabe, el coronel general Serguei Surovikin.

A su llegada a la base aérea, Putin ha ordenado la salida de “una parte considerable” de las tropas rusas de Siria, y se ha felicitado por la derrota del Estado Islámico, que calificó como el “grupo terrorista internacional más combativo”, a manos de las fuerzas conjuntas de ambos países.

El jefe del Comité de Defensa del Consejo de la Federación de Rusia, Víctor Ozerov, ha estimado que la retirada de las tropas rusas de Siria, probablemente, será cuestión de sólo unas semanas, informa RT.

Aquí el vídeo de la visita de Putin a la base en Siria

La parada en Siria no había sido anunciada. Putin está tiene hoy dos reuniones en Turquía y en Egipto para hablar de la situación en Oriente Próximo y Siria. Con el presidente egipcio, Al Sisi repasará la inseguridad en Oriente Próximo y el Norte de África. El reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel por parte de EEUU está sobre la mesa: tanto Putin como Erdogan rechazan la decisión de Trump.

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